Nueva lista de miedos en los últimos meses de mis veinticinco

Cada cierto tiempo los seres humanos se renuevan por completo.

Aunque desechamos células muertas y cabello diariamente,

cosas sin importancia que marcan una diferencia microscópica,

se supone que toma siete años mutar.

Así que el cuerpo que tocó el primer hombre que amé no es este.

La marca junto al ombligo, visible cuando nací, se movió de lugar.

El cabello que alguna vez teñí de azul y de morado perdió continuidad.

Así también ciertas certezas:

el cuerpo que tocó el primer hombre que amé, y que ya no existe,

nunca estuvo condenado a nada;

ni siquiera al amor.

Las cicatrices que dolieron:

junto al ojo,

en la mano derecha,

en la rodilla izquierda,

en los antebrazos,

ahora requieren búsquedas para contar las historias.

Dentro de la memoria,

espacio inaccesible y confuso,

espacio falso,

hago mi propio recuento de los daños.

Por eso pienso en los miedos y en el tiempo.

En el cascarón de lo que fui y la pertinencia del futuro, en los últimos días,

-llenos de sol y humedad y rostros abrillantados por esa combinación-,

de mis veinticinco.

En los últimos días,

-llenos también de dudas y de miedo-,

de mis veinticinco.

Los siete años de mi cuerpo nuevo me llevan a otra vida.

Y los siete años anteriores me observan detrás de un cristal,

lejanos y ajenos, como lo hacen las vidas pasadas.

Ya no me acuerdo cómo se siente ser ella.

Y ella nunca va a saber lo que se siente ser yo.

El si mismo es esa clase de intercambio.

Más que nunca, entonces, creo que escribo para dejar un rastro.

El registro o el archivo o el espectro de todas mis vidas.

Para decir “sí estuve aquí,

mira las cosas que dije,

mira todo ese lenguaje.”

Tendría que significar algo el ejercicio derrotista de la repetición.

Por eso, hago una lista por escrito de mis miedos,

los repaso con los dedos, por encima.

No sé cuál sea el destino de mi próxima vida,

en el suelo de quién olvidaré cabellos,

calcetas,

uñas,

libros.

Temo no existir en alguna frontera,

borderland que le dicen,

a no ser de ninguno de los dos o los tres,

los muchos lados que nos componen.

A no encajar en ninguno de esos lados

salir a la calle y encontrar odio,

por estos brazos, esta piel, este cabello

este ella.

Creo que, en realidad, a lo que le temo es la imposibilidad de escapar de aquí,

de

este ella.

Todas las mañanas, antes de despertar por completo hago la cuenta:

dos brazos,

dos piernas,

cuatro extremidades

con cinco dedos cada una.

Mis pocas cicatrices me observan con cuidado,

el viejo crujir del hombro resuena por calles siempre nuevas,

el chasquido de los dedos de los pies, apenas perceptible en su constancia, es una manera,

también,

de redención.

Los muevo con cuidado para saber que siguen ahí y,

en silencio,

hago un rompecabezas de los pedazos de mi vida,

líneas que me unen el pasado.

Le tengo miedo a lo que se llama cuerpo enfermo,

a lo que es invisible y crece dentro,

los parásitos y los secretos y las células que,

como el resto de nosotros,

cambian cualquier día de parecer y de sentido,

y se vuelcan, cómo solo las células saben volcarse,

en contra de su anfitrión.

Entonces mido

y cuento

todas las cosas dentro y fuera del cuerpo.

Otro registro del si mismo,

de sus fluidos y secreciones

y alimentos y aire dentro y fuera,

conectándolo todo.

Hablando del cuerpo, de las posibilidades del mío,

por fuera del cristal me mira alguien aterrada,

haciéndome señas para que no diga que en mi cuerpo podría caber otra vida.

A esa otra vida no le gustan los niños,

los vientres expandidos para crecer, de nuevo, un parásito.

A esa otra vida el amor maternal le revuelve el estómago.

A veces tengo miedo de aún ser esa otra vida.

Otras veces, sin embargo, le temo a mi propia capacidad de deseo.

A la máquina deseante que soy.

A dar, más que el paso,

el sí necesario.

Si escribo un poema sobre el miedo,

supongo que debo hablar de los otros.

De mi hermana y mis amigos y el amor infinito que va y viene.

El miedo a que se estanque,

y como el agua que ya no va a ninguna parte,

deje crecer cosas sin nombre que se pegan en la piel y ahogan.

Pero eso no es un poema sino una historia de terror.

A veces creo que este es mi último cuerpo,

mi última vida desperdiciada sobre la espalda

mirando las aspas del ventilador,

sintiendo las gotas de sudor recorriendo el cuerpo,

los dientes chirriando uno contra el otro en una práctica de desesperación sonora.

Hay algo elusivo sobre la historia,

algo desesperante e inalcanzable:

la propiedad, lo inarticulable, lo inaccesible.

Y la fuerza por alcanzar ese algo,

tomarlo entre los dedos,

despedazarlo para volverlo a armar,

ponerlo entre los labios y probarlo, y,

por un momento,

saber,

que me fascina y me aterra al mismo tiempo,

como siempre me fascinan y me aterran todas las cosas amadas.

A veces creo que no habrá otros siete años,

supongo que eso debería ser también un miedo pero,

a decir verdad,

es un alivio.

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