Del amor y otros actos caníbales

Yo no quería que fuera mío,

pero le hubiese arrancado la piel a pedazos.

Pensaba, como creía que piensan los que no quieren quedarse nada,

en el vacío

en el final.

Pero nunca pensaba en lo que hay en medio.

Me hubiera apropiado de esa clase de dolor,

sin duda.

Del cuerpo fuera de su espacio que entonces pierde su nombre,

del escozor de lo que hace falta

del sabor ocre en la boca

del aroma a carne cruda.

Pero, en realidad, lo único que quería era su cuerpo.

Y para tenerlo cerca pasaron

antes,

todos los días del mundo.

En los primeros muchos días en los que lo tuve

y me tuvo, 

iba a su boca como quien va al agua

sin importar si hay sequía o hundimientos.

Iba a su boca como quien va al agua.

Con la misma entrega con la que dejan de patalear

los que se ahogan.

Con las mismas ganas de que se me acabara el oxígeno,

las fuerzas,

la vida.

En los primeros días en los que fuimos más felices

bastaba una habitación de techos altos.

(Las personas como nosotros,

como el nosotros de un él y una yo que se encuentran,

necesitan de los techos altos.)

Bastaban las paredes blancas,

la humedad, la oscuridad de lo incompleto,

el conjunto de todo lo que casi forma una casa

para habitarnos.

Quizá por eso nos balbuceamos promesas

para llenar el aire entre nosotros y el techo.

Quizá por eso dormimos poco.

Pensaba en ese tiempo,

en el que abrir una puerta era,

precisamente;

abrirnos la carne y sacarnos las entrañas

uno al otro

para poder sentir verdaderamente,

y en el que estuve casi siempre equivocada.

Pensaba en el registro eléctrico de sus manos sobre mi piel.

La carga eléctrica como propiedad física de algunas partículas subatómicas.

Pensaba en las fuerzas de atracción y repulsión.

Sobre mi piel.

Hubo mañanas en donde quería hacerlo desaparecer porque uno siempre mata lo que ama.

Pero más importante es decir que hubo mañanas.

Que incluso en los primeros días del mundo,

antes del amor y del saber del amor,

antes de contaminarlo con los vidrios rotos de la desesperanza,

antes de las manos llenas de cicatrices,

antes, incluso, del nosotros bajo los techos altos y las paredes blancas,

hubo mañanas.

Pero en algún lado del mundo siempre fue de noche mientras nos buscábamos.

En algún lado del mundo se nos habían acabado los primeros muchos días

y nos quedaban sólo el resto.

El polvo fino que sucede a la felicidad absoluta.

Lo que no se recoge con la escoba.

Lo que queda pegado sobre los libros.

Pero el amor no siempre debe consumirse.

Matarse.

Devorarse.

El amor no siempre es caníbalismo.

Por eso nos quedamos.

Tercamente.

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