Tener que hablar de amor

Uno va al amor como los marineros a los naufragios.

Valiente.

Detenido, para siempre, en el instante previo a la oscuridad.

Hundiéndose en el agua salada, y luchando por la respiración.

Por arrancarle el oxígeno a la marea.

Y sin tener miedo.

Los verdaderos marineros no tienen miedo.

Amar a alguien es un acto violento.

No lo dije yo, pero lo creo.

Decidir sobre alguien, sobre todas las cosas,

concederle, sobre todas las cosas,

concederle.

Uno va al amor como los suicidas a la altura.

Valiente.

Lo acaricia y lo mira de reojo y le coquetea

con la clase de ímpetu con la que la vida empieza y se termina.

Dejándose caer.

Dejándose.

Hay cierta libertad en el amor y en la muerte.

Y como en el amor y en la muerte

y en los naufragios

hay también lágrimas

agua salada

cosa química y cosa humana.

Uno va al amor como se acercaría al matadero.

Valiente.

Dispuesto, a ojos abiertos, a sabiendas del golpe de gracia.

Uno va, de hecho, por el golpe de gracia.

Por la dulce agonía del cuchillo siempre colgando sobre el cuello.

Por la dulce agonía

del último estruendo.

Yo también creo que morir es un arte.

Yo también, creí siempre, en la relación del amor y la muerte.

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