De la sangre

Nos une un río de sangre, supongo,

esa ruidosa viscosidad que es siempre demasiado densa

como para que funcione para cualquier otra cosa.

Nos une, también, la terrible coincidencia de un apellido

de una otra familia

de lo que, dicen, es el lazo más profundo.

Que la sangre llama, dicen.

A veces miro sus fotografías y trato de recordar sus nombres,

esas son las sonrisas que sólo estoy obligada a ver una vez al año,

me repito,

como si eso hiciera alguna diferencia.

Esas son las personas que, en algún lugar de esta ciudad,

ríen y hablan y existen

y no piensan en mí,

aunque yo a veces sí en ellos.

A veces.

En ellos.

La verdad es que no hace falta que nos conozcamos más allá.

La verdad es que no sé cuánto tiempo tomaría que dejáramos de ser extraños.

¿Cuánto tiempo tomaría que dejáramos de ser extraños?

La verdad es que he querido otras cosas antes que a ustedes.

A una lista interminable de cosas con sangre y sin sangre,

con corazón y ventrículos y otras cosas que palpitan y bombean

y no necesariamente me quieren de regreso.

A mi gato, por ejemplo.

Pero mi gato no está obligado a quererme de regreso,

claro está.

Y, para ser francos, la sangre y la carne son muy poco pretexto para querer a alguien.

Para que nos importe.

Supongo que por eso a veces no me importan.

Ustedes.

Esos extraños con quienes comparto apenas el 25% de información genética.

La verdad es que uno comparte mucho más con los orangutanes o los chimpancés.

Secuencias enteras de ADN con los gatos

(que no están obligados a querernos de regreso).

Supongo que por eso no me importan ni la sangre

ni la semejanza entre nosotros,

esa misma nariz, el cabello, los dientes.

Porque la sangre no es más que un fluido.

Cosa del cuerpo desde adentro,

la sangre.

Anuncios