Poema en fa

Estás entre sus brazos toda la noche

y piensas que no es cierto,

que no podría ser cierto,

que nadie en el mundo podría ser tan ruin

como para desahuciar el amor

así

como ella dijo.

No existen mentiras tan bien dichas.

Un lugar que no sin culpas.

No hay lenguaje, aún, para que todo eso fuera falso.

Un sueño.

Una vida pasada.

A veces ella se despertará pensando en las preguntas,

y lo que cabe entre los signos de interrogación es tu rostro.

No el de él.

Nunca el de él.

Como si pertenecieran las dos al mismo universo,

el universo prehistórico de las mujeres solas.

Como si se pertenecieran,

una a la otra,

más que nunca a ningún otro,

más que a él.

Algunas otras veces serás tú,

entre sus brazos,

o escuchándolo repetir aún una vez más

que serás la última mujer de su vida,

mientras sientes la sangre reptando por entre tus venas

hasta las sienes,

hasta retumbar en los oídos,

la que se hará las preguntas.

¿Qué es lo que cabe entre quienes

caben las mentiras?

¿Qué es lo que cabe entre quienes

cabe otro cuerpo

y otro

y las mismas frases hechas

pronunciadas

con el aliento entrecortado?

Lo que ella cree que recuerdas,

cuando despierta de madrugada y te imagina,

un rostro, el tuyo,

elegido entre todos;

es, en realidad, el silencio.

El espacio compartido de las madrugadas

donde se aprende más en velo,

que durmiendo.

No las manos,

sino el cristal roto de sus voces,

un rostro distinto para mirar de otras maneras.

No tu cuerpo,

diminuto y fuerte,

oscuro.

No tu sonrisa.

Todo eso pasa mientras estás entre sus brazos

toda la noche.

Como si el universo entero de sus sábanas

te perteneciera.

Como si fuera de verdad que dos

siempre es igual a uno más uno.

Una clase de certeza algebraica

en donde no cabe ninguna otra variable.

Y los infinitos universos contenidos entre cada cifra,

no pudieran nada ante el conocimiento exacto

de la suma entre dos cuerpos,

el tuyo y el de él,

que ha mirado

el tuyo y el de ella.

El amanecer siempre se ve distinto desde un piso tan alto.

Desde una ventana en donde ululan las palomas

antes de abandonar un nido repleto de huevos.

Quizá de ahí es donde él aprendió del abandono,

de esa clase de despojo donde nada duele.

La naturalidad de quien se ha ido

una

y mil veces.

Quizá es por eso,

mientras él despierta impulsado por quién sabe qué fuerza

y el sol rompe con la oscura monotonía de las madrugadas

que viene hacia ti,

hacia ti entre sus brazos,

haca ti que preguntas,

hacia ti que no eres ella,

esa misma frase de Lacan que no nombra nada más,

sino el amor,

y que repite la única verdad de el secreto de dos cuerpos,

amar sigue siendo, aún hoy, dar algo que no tienes

a alguien que no lo quiere.

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